Cuando
las sirenas se apagan, cuando los focos se retiran y las noticias dejan de
ocupar titulares, hay heridas que siguen abiertas.
Heridas invisibles, profundas, persistentes. Son las que quedan en los heridos
que sufrieron el suceso y las de quienes perdieron a un ser querido. Pero
también las de quienes acudieron a ayudar.
El reciente accidente ferroviario de Adamuz ha
vuelto a recordarnos algo que a menudo olvidamos: el
personal de los servicios de emergencia también sufre. Y mucho.
En mi libro 📘 “Más
allá del estrés”,
escribí:
“Muchos de los profesionales que han
participado en tareas de ayuda a las víctimas de grandes catástrofes (…)
mencionan la huella emocional que llegó a ocasionarles cuanto vivieron en aquel
entorno. Citan como especialmente traumática la visión de los cuerpos sin vida
de bebés y de niños, el olor a cuerpos quemados, el sonido de los teléfonos
móviles de las víctimas, la muerte de un damnificado tras un rescate
prolongado, el fallecimiento de un compañero en las labores de salvamento…”
Escenas que no
se borran al acabar el servicio. Imágenes que regresan de noche. Sonidos
que vuelven sin ser llamados. Emociones que pesan.
Ya en los años 70 se hablaba de “las
víctimas ocultas de los desastres”. Hoy sabemos que no son ocultas,
sino silenciosas.
Bomberos, sanitarios, fuerzas y cuerpos de seguridad… profesionales que, tras
darlo todo, cargan con un estrés postraumático que muchas
veces se vive en soledad.
Intervenir en este tipo de sucesos es una
de las actividades con mayor impacto emocional que puede sufrir cualquier
trabajador. Y no
siempre hay espacio para hablarlo, ni permiso para parar, ni cultura para
cuidar.
Recordar Adamuz es también recordar que cuidar
a quienes nos cuidan no es opcional. Que la prevención del estrés
postraumático, el apoyo psicológico y el reconocimiento institucional salvan
carreras, vocaciones… y vidas.
Hoy, además de con las víctimas y sus seres queridos, mi respeto, mi admiración y mi pensamiento están con todos los profesionales que estuvieron allí. Porque el heroísmo también deja cicatrices.

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