¿Engordamos solo por lo que comemos? Una investigación de la Weill
Cornell Medicine (Nueva York), recogida por el medio ConSalud, sugiere que
no. Su equipo ha comprobado que la alteración de los ritmos hormonales del
estrés produce una obesidad metabólicamente distinta de la que
provoca una dieta rica en grasas.
Se trata de un estudio preclínico, realizado en ratones, dirigido
por la doctora Mary Teruel, con los investigadores Agnieszka Agas
y Sanjeev Sharma como coautores principales.
UN RELOJ QUE DEJA DE MARCAR LAS HORAS
Los glucocorticoides (entre ellos el cortisol, la hormona
del estrés) siguen un ritmo diario: bajan durante el descanso y suben al
comenzar la actividad. Los científicos aplanaron ese ritmo en los
animales —elevando el nivel bajo del descanso y atenuando el pico diario— y lo
combinaron, o no, con una dieta estándar o una dieta rica en grasas.
Así pudieron separar el efecto de la hormona del efecto de la comida.
LOS NÚMEROS: DOS CAMINOS, UN MISMO DESTINO
Lo más llamativo es que este segundo grupo no aumentó su ingesta de
alimentos. Según Teruel, no todo es cuestión de calorías: el momento en
que llegan las señales hormonales cambia cómo procesa el cuerpo esas calorías
y dónde las almacena.
MÚSCULO, GRASA E HÍGADO: TRES RESPUESTAS DISTINTAS
Ambos tipos de obesidad generaron resistencia a la insulina, pero
no en el mismo lugar. En los animales con el ritmo alterado se concentró en el músculo
esquelético, mientras el tejido adiposo conservó su respuesta a la
insulina y siguió almacenando lípidos, y el hígado quedó en gran medida
a salvo de la grasa hepática típica de la dieta rica en grasas. Estos
ratones, eso sí, acumularon su grasa bajo la piel y alrededor de los órganos, y
perdieron algo de masa muscular magra durante la primera semana, que luego se
recuperó.
¿Y EN LAS PERSONAS?
Los autores son prudentes: hace falta más investigación. Pero
recuerdan que en humanos ya se ha vinculado la alteración del ritmo
circadiano del cortisol con la obesidad y la grasa abdominal, y que
estos desajustes aparecen en personas con estrés crónico o trabajo
por turnos. «Esto también podría estar ocurriendo en los seres humanos»,
apunta Teruel.
De ahí su conclusión: quizá deberíamos dejar de tratar la obesidad —y
la resistencia a la insulina— como un problema único. Y, junto a la dieta,
empezar a preguntarnos qué papel juegan la falta de sueño y el estrés en
nuestros ritmos diarios.
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